Letras Perfumadas – “Memorias de una joven formal” de Simone de Beauvoir I

foto: Escuchandopalabras.blogspot.com.ar      Magnolia Grandiflora

La memoria no puede retener un olor en nuestra mente. Lo que recordamos son las sensaciones y los conceptos (“el olor de…”) que razonamos a partir de lo que olemos. Sin embargo, cuando olemos algo que ya habíamos olido, una alerta se enciende: instantáneamente comienzan (y muy a pesar de nuestra voluntad) las conexiones en nuestra cabeza. En un segundo revivimos un recuerdo y nuestro cuerpo se estremece como si volviera a suceder.

Las “Memorias de una joven formal” de la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir contienen muchos recuerdos olfativos. Ella se detiene en su relato para mencionar algo tan fugaz como los aromas que percibió en su juventud. Cada elemento oloroso nombrado construye la verosimilitud de esa experiencia, nos traslada a un momento y lugar desconocidos, aunque no podamos recrear esos olores en nuestras narices mientras leemos.

Simone habla de magnolias (y no podemos evitar pensar en Magnolia Romana de Eau d’Italie) también de heno (seguramente como el que sentimos en Vohina de Huitieme Art, que huele a campo en verano)… todo enmarcado en una noche apacible, que imaginamos estrellada (como el cuadro olfativo que propone Annick Goutal en su última creación: Nuit Ètoilée).

¿Qué sentiría Mlle de Beauvoir cada vez que percibía el perfume de una magnolia? Tal vez revivía la siguiente experiencia que cuenta en sus “Memorias…”

Virginia y Caro

Foto: Caro Fernandez      Villa d’Este, Tivoli

“Los días lindos yo iba después de comer a dar una vuelta por el parque; respiraba bajo la Vía Láctea el olor patético de las magnolias, mientras acechaba las exhalaciones. Y luego con un candelero en la mano subía a acostarme. Tenía un cuarto mío: daba sobre el patio, frente al leñero, al lavadero, a la cochera que encerraba anticuadas como antiguas carrozas, una victoria y una berlina; su exigüidad me encantaba: una cama, una cómoda y sobre una especie de cofre la palangana y la jarra. Era una celda, justo a mi medida, como antes el nicho en que me acurrucaba bajo el escritorio de papá. Aunque la presencia de mi hermana fuera por lo general liviana, la soledad me exaltaba. Cuando estaba en humor de santidad aprovechaba para dormir sobre el piso. Pero, sobre todo, antes de acostarme, me demoraba largamente en la ventana y a menudo volvía a levantarme para espiar el soplo apacible de la noche. Me inclinaba, hundía mis manos en la frescura de un macizo de laureles-cerezas; el agua de la fuente corría haciendo glu-glu sobre una piedra verdosa; a veces una vaca golpeaba con su pezuña la puerta del establo; yo adivinaba el olor de paja y de heno. Monótona, testaruda como un corazón que late: una langosta estridulaba; contra el silencio infinito, bajo el infinito del cielo parecía que la tierra hiciera eco a esa voz que sin descanso susurraba en mí: aquí estoy; mi corazón oscilaba de su calor vivo a la luz helada de las estrellas. Allí arriba estaba Dios, me miraba acariciada por la brisa, embriagada de perfumes, esa fiesta en mi sangre me daba la eternidad.”*

*Fragmento de la Primera Parte de “Memorias de una joven formal”(1958) de Simone de Beauvoir (1908-1986). Fuente: Rebeliones.4shared.com

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